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Guedes abre La Cartuja

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Mucho se había hablado del estilo Bordalás y de la relación con Marcelino, mucho se había escrito sobre ADN y equipos disonantes y coperos; de interrupciones, picardías, faltas y pérdidas de tiempo. Y todo a fin de que en el momento de la verdad la semifinal se decidiera por talento, se resolviera por calidad, la de Gonçalo Guedes. Bestial su tanto. El portugués clasificó al Valencia para su 18ª final de Copa del Rey, la segunda de la era Lim. Lo poco que aprecia el dueño este campeonato y lo mucho que significa para el valencianismo esta final. Otra más en Sevilla, como en 2019; otra vez en La Cartuja, como en mil novecientos noventa y nueve. Bordalás va a vivir su primera final, Marcelino se queda sin la que hubiese sido su cuarta sucesiva. El Athletic cayó en una eliminatoria, algo que hacía 3 años que no sentía, que no padecía.

El partido fue solo una parte más de la experiencia de vida que ha sido esta semifinal, que arrancó en San Mamés, se jugó en la sala de prensa y se resolvió en Mestalla. El recibimiento al Valencia fue de los que no se olvidan. Sentimiento en vena y sin precedentes en lo que se refiere a su duración. Fuera por el hecho de que se aproximan Fallas, por el hecho de que nos liberamos de la pandemia o bien por el hecho de que Sevilla tiene un color singular. La afición blanquinegra mostró pasión y respeto incondicional desde 3 horas ya antes. También cordura. Desde su asiento en el autobus vería Gayà a la multitud, por miles, a propósito el capitán que sería titular, si bien no estaba para esto como después se vio. La grada se tomó el calentamiento como una parte del encuentro, increíble el canto de “¡Vixca València!” de cuarenta gargantas al tiempo, y ahí se supo que Lekeu ocuparía el sitio del De Marcos, a quién su estómago le privó del espectáculo.

El Athletic no se asustó por el entorno. A fin de cuenta Marcelino tiró de un once con una media de edad de treinta años a fin de que de este modo fuera. Tampoco le condicionó a Gil Manzano, que probó su personalidad, de ahí su elección, y llegó al descanso con solo un reprendido (Gabriel Paulista). El Valencia salió contagiado de la electricidad de Mestalla y su propuesta fue de equipo tirao palante, con 3 centrales, si bien líneas adelantadas y presión tras pérdida. Pero le faltaba claridad en el último pase y hasta el tanto de Guedes solo Bryan Gil había llamado a la puerta de Agirrezabala.

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El Athletic, por el contrario, en sus rachas de dominio, por el hecho de que el partido de vuelta fue de ráfagas como la ida, sí intranquilizó de veras a Mamardashvili, que estuvo gigante en un codo con codo con Iñaki Williams. Sin embargo, cuando parecía Bordalás deseaba llegar al descanso para recomponer a los suyos tras la recaída de Gayà, Guedes hizo exorcismo en la frontal y sacó de su pierna derecha ángeles y diablos. Qué potencia. Qué golpeo. Qué tanto. A Guedes no le traspasaron en verano ni en el primer mes del año a fin de que se revalorizara bajo el mando de Bordalás y ahí está su obra.

Una vez el Valencia se adelantó, la noche entró en otra fase: resistencia contra zarpazos. Y ahí Mestalla jugó. Mucho. Muchísimo. El Athletic, por más gente ofensiva que metiese Marcelino, ni supo ni pudo superar a la defensa che. Bordalás cambiaba de dibujos y de piezas sin perder lozanía ni compostura. Solo la supresión del valor doble de los tantos le sostenía vivo al Athletic, por el hecho de que con un tanto le bastaba para forzar cuando menos la prórroga. Pero nada. El Valencia volverá en el mes de abril a jugar una final de Copa en Sevilla. Qué cosas tiene el futbol y qué bonita es la Copa.

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