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“El Madrid me ayudó a negociar la compra de mi primer piso”

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Pirri era el ojo derecho de Santiago Bernabéu. Siempre le vio como el más leal representante de lo que significa el ADN del Real Madrid. A sus prácticamente setenta y siete años (once de marzo), el ceutí explica en AS las claves de este club legendario.

¿Qué hace del Real Madrid el club más grande?

Yo llevo bastante tiempo ya fuera del Madrid, me fui en el año dos mil. Pero he estado más de treinta en el Madrid. He sido jugador, he sido médico, he sido directivo deportivo… Yo llegué muy joven, con diecinueve años, y me hallé un equipo en el que estaban Puskas, Santamaría, Gento, Amancio… Eran mis ídolos. Y desde el comienzo aprendí de ellos y del club que lo más esencial era el trabajo en grupo. Es uno de los valores más esenciales del Real Madrid. No solo para los jugadores, asimismo para adiestradores, para trabajadores del club. Entonces era pequeño, conocíamos a todos y cada uno de los empleados. Se trabajaba en equipo. Y después estaba el espíritu ganador del club, de mucho trabajo, con una disciplina muy grande…

¿Exagera?

Fíjate si nos enseñaron a ganar, esto no lo sabe nadie: ya antes no teníamos publicidad, el dinero se producía con los asociados y con la taquilla, y nos tocaba jugar amistosos entre semana en África o bien en Sudamérica, en los que había primas por ganar. Había 2 opciones: cinco.000 pesetas por empatar y diez por ganar, o bien quince por ganar, mas si empatábamos nada. Y todos y cada uno de los veteranos escogían lo segundo, o bien ganar o bien nada. El Madrid siempre y en todo momento jugaba a ganar. Aquello era como una familia, cuando tenía cualquier inconveniente solicitaba consejo en el club. Cuando era joven, me adquirí un Seat seiscientos y ya antes lo consulté con el club. También me asistieron a negociar la adquisición de mi primer piso. Había una unión muy grande entre jugador y club. La fórmula es esa: trabajo en grupo y espíritu ganador, de no dar jamás nada por perdido. Y después, 2 cosas que deseo añadir: la educación y el respeto. Respeto a los compañeros, al adiestrador, a los trabajadores, al apasionado, al contrincante… Es muy simple ganar, mas hay que saber ganar y saber perder. El Madrid siempre y en todo momento ha respetado al contrincante. Estuve en el premio que le dio la Comunidad de Madrid a la Quinta del Buitre y pasé un rato realmente agradable, me agradó el reconocimiento, estuvieron todos fabulosos. Y probaron su educación, el respeto. Me probaron lo que es el Madrid.

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Al Madrid de veras se le vio en las noches europeas.

Las remontadas conocidas tenían mucha intervención del público, eran el jugador número doce. Era increíble estar en el Bernabéu con cien personas. Contra el Derby County (en mil novecientos setenta y cinco), que perdimos cuatro-1 en la ida y remontamos cinco-1 en la vuelta, fuimos a la prórroga tras marcar el cuatro-1 de penalti. El penalti se lo hicieron a Amancio, mas se quedó dolorido en el suelo, con lo que lo tiré . Y el Bernabéu no paraba de rugir, mas inmediatamente antes de tirarlo, escuché un “shhhhh”. Y de cuajo y porrazo, el estadio se quedó en silencio, tal y como si no existiera absolutamente nadie. Solo el portero y . Lo metí y a continuación me entró una tiritona, un frío…

En el Madrid no podía jugar cualquiera, no todos valen…

Sin duda. El Bernabéu es un campo muy complicado. Estuve allá dieciseis años y vi a jugadores buenísimos que no cuajaron por la presión, no deseo dar nombres… Se afirma que la afición del Madrid no es buena, mas ha sido y es fantástica. El público te demanda entrega máxima, mas siempre y en todo momento ha habido una unión.

En el Madrid se ha pitado a todos. ¿Era de esta forma ya antes?

Al que lo daba todo, el público lo respetaba mucho. Y al más apático, con menos ganas y menos entrega, lo calaban veloz y había pitidos. Eso pasaba ya antes y pasa ahora.

Se afirma que las leyendas del Madrid salen por la puerta de atrás, malamente…

Eso ha alterado mucho, en mi temporada había un acuerdo entre jugadores y club, si estaban más de diez años, tenías derecho a un homenaje. Hubo a Velázquez, a Grosso, a Gento, a Zoco, a Di Stéfano, a mí… A mí las últimas salidas, las de Raúl, Hierro, Casillas… no me han agradado. Es una política muy diferente a la de mi temporada.

¿Usted supo irse?

Yo me fui cuando habíamos ganado la Liga y la Copa contra el Castilla; esa final fue mi último partido. Y fuimos semifinalistas en Copa de Europa, nos suprimió el Hamburgo, podíamos haber hecho triplete. Yo me fui con treinta y cinco años; no es exactamente lo mismo que tener treinta y cinco ahora, que están mucho mejor preparados. En mi temporada, con treinta y dos o bien treinta y tres te costaba mucho recobrar entre partidos. En el Castilla salieron jugadores buenísimos que debían pasar al primer equipo, y me llegó la oferta para jugar en Puebla, que además de esto podía sostener mis estudios de Medicina en México. Yo ya había renovado, mas charlé con el club. Entendí que había que dar paso a los jóvenes y que comenzase una nueva etapa. Lo tuve clarísimo. Me agradaba la idea de quedarme de segundo del adiestrador (Boskov) y jugar un poco, mas comprendí que era el instante de los jóvenes.

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Le dieron la primera Laureada del club con veinticuatro años tras la llamada ‘Final de las Botellas’ en la Copa, frente al Barça. Jugó con fiebre todo el partido y, además de esto, se rompió la clavícula. Aun de esta forma, soportó.

Fui a jugar un torneo mundial militar a Bagdad, yo por entonces era militar. Al regresar, me hallaba mal, tenía fiebre y el día ya antes del partido estaba con treinta y nueve y cuarenta grados. Pensé que no podía jugar, mas me bajaron la fiebre, y jugué. Y a los diez minutos, me disloqué absolutamente la clavícula. No había cambios entonces, me llevaron al vestuario, me infiltraron y jugué todo el partido. Luego fuimos al centro de salud a que me operaran, mas no podían pues proseguía con fiebre. Estuve como 8 o bien diez días. Y ahí me dieron la Laureada. También jugué una final de Recopa contra el Chelsea con un brazo roto, me lo rompí al fin del partido y, como empatamos, hubo que jugar el desempate cuarenta y ocho horas después. Yo creía que no llegaba, mas el día del partido se presentaron el médico y el adiestrador, Miguel Muñoz, en mi habitación, y me dijeron: “Quieres jugar”. Y yo: “Pues claro, pero quitadme la escayola”. Me la quitaron, me pusieron una férula y una infiltración para dormirme el brazo, que recuerdo que me mareó ya antes de salir, y jugamos. Perdimos, mas si fuera el día de hoy volvería a jugar sin titubear…

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